martes, 1 de septiembre de 2009

El efecto Pretty Woman

Siempre que voy de compras por las tiendas de algún centro comercial veo unos cuantos ejemplos de la siguiente escenita: parejita en sesión de shopping con chica mirando trapitos y trapitos y preguntando su opinión a su "churri" (sí, suelen ser del tipo de parejas al que te imaginas usando la palabra "churri", pero supongo que es porque yo compro en Primark, y sitios así: seguro que si fuera a Gucci el nivel de chonis descendería notablemente), chico resoplando y metiendo prisas, chica cabreándose porque el chico resopla. Y es que es un hecho incuestionable que, a menos que tu novio sea metrosexual, o que llevéis tan poco tiempo juntos que aún no te lo hayas jincado y esté haciendo méritos para llevarte al catre, lo más posible es que no soporte más de diez o quince minutos en el Strafalarius, Mierska o similares sin aburrirse, perder la paciencia y ponerse en plan "jooo, ¿falta muchoooo?". Lo que, a su vez, atacará los nervios de la potencial compradora, que se sentirá presionada para acabar antes.

¿Por qué entonces hay tantas mujeres que se empeñan en arrastrar a su costillo en sus andaduras por los mundos de Inditex y similares, en vez de ir solas o quedar para estos menesteres con otras amigas capaces de implicarse en la misión y ofenderse a la par que ellas por el baile de tallas o por el retorno de los pantalones pitillo? En algunos casos puede ser algo tan simple como que se trate de una de esas relaciones "vileda", tan hiperabsorbentes que sólo se tienen el uno al otro y la última vez que la muchacha llamó por teléfono a casa a su mejor amiga aún no hacía falta marcar prefijo . Pero en muchos otros casos, la culpa, como de tantas cosas en esta vida, la tiene el cine. Es lo que vendríamos a llamar el efecto Pretty Woman.

Y no, lo que digo no tiene nada que ver con la profesión que ejercía aquí la Roberts, sino en la que es posiblemente la escena más conocida de la peli, y de la que más veces he oído hablar a amigas que se la tragan cada vez que alguna cadena decide emitirla. Seguro que sabéis de cuál hablo: la pobre Julia (cuyo nombre en la peli no recuerdo, porque yo, por raro que resulte, no sé si habré llegado a verla entera dos veces) entra a comprarse un modelito en una tienda de alto postín, los dependientes la tratan a patadas, pero cuando se lo cuenta, toda mustia y mohína, al forradísimo Richard Gere, él la lleva de nuevo a la tienda y consiguen que la traten como una reina, además de quedarse sentado durante sabe dios cuánto tiempo, al son de la famosa cancioncilla ("pretty woman, nainonainona..."), contemplando cómo ella se prueba para él modelito tras modelito. Así que claro, cientos de miles de chicas de mi generación, que vieron por primera vez la peli cuando se estrenó, siendo apenas adolescentes con el pavo en plena efervescencia, se quedaron con la copla de que tu príncipe azul es ese hombre capaz de tirarse 45 minutos delante del probador del Zara admirándote mientras te vas probando conjuntito tras conjuntito.

El problema es que, si los libros suelen perder bastante adaptados al cine, el cine adaptado a la vida real suele perder todavía más. Y una se lleva a su santo al Bershka o Primark de turno cuando va a mirar trapitos, me imagino que esperando a que el susodicho esté expectante al otro lado de la cortinilla del probador y se deshaga en halagos y silbidos de admiración cada vez que haces acto de presencia con un nuevo modelito. Pero llegas ahí y se te presentan unos cuantos factores diferenciales con la escenita cinematográfica en cuestión.

Por ejemplo, que Julia y Richard están en una exclusiva boutique con todo el probador para ellos solitos, mientras vosotros vais a tener que hacer cola entre un montón de jennys cargadas de trapitos y sus sufridos "novios-perchero"; que tu chico no va a estar sentado tranquilamente en una cómoda butaquita esperando a que aparezcas, sino plantado en mitad de los probadores, obstaculizando el paso y recibiendo empujones o miradas de odio de las personas que tienen que esquivarlo; y que a Julia Roberts todo lo que se probaba, oh, casualidad, le quedaba como un guante, mientras que tú con suerte habrás acertado con la talla de una de las cosas que te hayas llevado, mientras que lo demás te hará bolsas, o te ceñirá tanto que te convertirá en la butifarra humana, o en el peor de los casos, te apretará tanto que una vez puesto no te lo podrás sacar, y tendrás que hacer pasar a tu costillo al interior del probador, no para que admire el modelito ni para llevar a cabo la fantasía sexual de hacerlo en un lugar público, sino para que tire del puñetero jersey que se te ha encasquetado debajo de la delantera y no va ni palante ni patrás. Ahí, derrochando glamour.

Eso sí, aunque probablemente esa película sea la culpable de que cada vez que vas a probarte algo al Zara tengas que andar esquivando a una multitud de novios perchero que vagan por ahí, como almas en pena, sujetando las bolsas de sus novias con cara de mala leche, creo que no disparó el interés de las adolescentes del momento por la prostitución como salida profesional (Salvo casos puntuales y documentados como NuriaBer), como ha sucedido con periodistas, médicos o abogados gracias al boom de las series "profesionales". Pero eso ya es materia para otro post...

5 comentarios:

Etiam dijo...

Por Dior y la firgen fanta...ir con el novio a comprar es exponerse a que vea cómo la luz del probador resalta de forma tan odiosa tu celulitis y te tenga que salvar de un jersey asesino que quiere hacerte un torniquete, porque las tallas las han vuelto a cambiar...
No, con el parejito no se va a comprar ropa, a menos que sea un caso de fuerza mayor. Y sí, hay chicos que se ponen colorados si les metes en Oysho y te pones a probarte modelitos, así que apiádate de ellos xD

acoolgirl dijo...

Jamás de los jamases hay que llevarse al novio de compras... sobre todo ahí, cuando estás sudando a tope (¿por qué en los probadores hace tantísimo calor?).

Ahora que lo pienso, además de en Pretty Woman, te has dado cuenta de que en muchííísimas series la gente bailar mientras se prueba ropa y coas así... Como vea alguien haciéndolo me partooo!!! xDD

Un besitooo y muchas gracias por pasar por mi blog. Nos leemos!!

Pikifiore dijo...

Sarah Jessica también lo hacía en Sexo en NY...debe ser que allí los probadores son tan amplios que podríamos instalar alli una cocinita y una tele.La verdad es que yo nunca he sido de las de ir de compras con parejito,no me gusta que me estresen,y esa situación es muy propicia para ello.
Me ha encantado este texto,es una verdad como un templo.Un besoo
PD: Por cierto,Julia Roberts se llama Vivian en la peli,jejeje,es que yo sí que me la he tragado mil veces.

Ika dijo...

Tienes más razón que un santo!!! Si ya es toda una aventura probarse ropa en esos mini probadores, llevarse al novio de acompañante no te facilitará la situación!

Aquí en Hospi, hará un par de años que el centro comercial Gran Vía 2 puso dos salas con sofás, una televisión y ordenadores a las que llamó Aparca2 y que son como "áreas de descanso" para los maridos-novios-acompañantes-amantes o lo que sean que se pueden quedar ahí mientras las mujeres-novias-amantes hacen sus compras!

Un besote!

Cadiracadi dijo...

Ya nunca volveré a ver la peli con los mismo ojos :(